Malas hierbas. Espai Souvenir, Barcelona. Co-comisaria Angelica Tognetti. 31.01.2020 - 04.03.2020 

 

 

 

 

 

Malas hierbas. Jessica Moroni. Espai Souvenir 31.01.2020 - 04.03.2020  

 

Hay plantas que están por ahí aflorando, aprovechando rendijas despistadas se cuelan y encuentran las maneras de salir adelante, apareciendo donde menos nos las esperamos.

Itxaso Corral Arrieta, Botanografías Callejeras.

 

 

Las malas hierbas nunca mueren: resisten, se cuelan, se infiltran, abren el asfalto en búsqueda de huecos para poder respirar y crecer, espacios para poder ser. Son plantas que crecen de forma silvestre, espontánea y mágica; la mayoría de ellas posee propiedades benéficas olvidadas. 

Pese a sus cualidades, cualquier planta puede ser considerada mala hierba o maleza, según el lenguaje común, si crece en un lugar en el que no es deseable. Estos lugares que definen lo que es o no deseable son espacios dominados y controlados por el hombre productivista: un cultivo, un jardín, la acera de la calle, una maceta. 

 

Jessica Moroni con su instalación Malas hierbas genera dentro del Espai Souvenir un microclima, un ecosistema ficticio para rememorar estas plantas olvidadas, cuidarlas y protegerlas estimulando su sustento y reproducción. A través de una arquitectura orgánica y acolchada, nos permite pasearnos entre ellas (la ruda, la caléndula, la cardota  y otras especies no clasificadas), tocarlas y olerlas, darnos el tiempo para observar su particular morfología. La sala expositiva se convierte así en un espacio donde las malas hierbas se vuelven deseables y nosotras en unos organismos que nos abrimos a su escucha. 

 

Malas hierbas es una metamorfosis: es la nueva vida que la artista ha concedido a sus esculturas Simbiosi (2018). Antes, las formas amarillas que ocupan la sala empezaron siendo unos cuerpos inermes y amorfos en fusión con la naturaleza: como relatan las serigrafías de la entrada, su forma se definía en relación con los objetos - troncos o ramas - sobre los cuales se apoyaban. Estos cuerpos alargados se convierten ahora en una estructura colgante, la base para hacer crecer algo vivo. Se vuelven vulnerables, abren su cuerpo para hacer crecer dentro de sí un terreno rebosante de malas hierbas.

 

El título de la exposición hace referencia a lo que la sala contiene: una abundancia de malas hierbas o, como definirían los diccionarios, una maleza. La artista, en vez de cultivar un jardín ordenado de “buenas hierbas”, celebra un jardín desbordante de maleza, una jungla colgante, proponiendonos una reflexión crítica sobre los modos occidentales de pensar, categorizar y dominar la naturaleza, así como las formas cristianas de atribuirle un orden moral. 

 

Dejar espacio para que las malas hierbas puedan crecer y respirar. 

 

La instalación proyecta de forma metafórica una crítica sobre las formas con las que, dentro del sistema capitalista y patriarcal, nos relacionamos con la propia naturaleza y cómo estas formas nos han conducido a la actual y catastrófica crisis ambiental. 

 

Desde una mirada ecofeminista, el deseo de la artista de dejar espacio para que las malas hierbas puedan brotar representa una invitación a abrazar la biodiversidad que está desapareciendo, y también a reflexionar sobre los modos de dominación y exterminio que han llevado al olvido un conjunto ingente de saberes arraigados en la tierra y en los cuerpos. 

 

En la época que precede la Revolución Científica y la institución de la mentalidad capitalista, la naturaleza era concebida como un organismo complejo y mágico. Se “imaginaba el cosmos como un organismo viviente poblado de fuerzas ocultas donde cada elemento estaba en relación favorable con el resto”.1 El arte de sanar era considerado como un poder sagrado y estaba estrictamente ligado a las mujeres: fueron ellas las primeras en poseer un conocimiento práctico sobre la flora de sus alrededores; conocían el lenguaje de las hierbas y las utilizaban para curar y sanar. 

 

Con la imposición violenta de la ciencia moderna y la profesionalización de las prácticas médicas, empezó a ejercerse un control y clasificación sobre lo que era bueno o malo desde la mirada académica. Y a la vez se extendió una deslegitimación de esas mujeres que encarnaban un rol fundamental dentro de las comunidades locales como sanadoras, por considerarse rivales a la mirada patriarcal devenida hegemónica.2 A las mujeres sanadoras se les expropió progresivamente su saber empírico en relación con las hierbas y sus remedios. Las curanderas se convirtieron en brujas y las hierbas en malas hierbas: las primeras fueron objeto de matanzas selectivas, las segundas se extirparon y arrancando con ellas el conjunto de conocimientos, prácticas y rituales que las rodeaba. 

 

Jessica Moroni en la instalación Malas hierbas quiere situarnos frente a esta historia, una historia que clasifica, selecciona, domina, extirpa y extermina. Para que no nos olvidemos que “somos personas encarnadas en cuerpos vulnerables insertas en un planeta con límites físicos”.3 Y, al mismo tiempo, hablarnos de otra historia que resiste: la de la naturaleza, la del cuidado, la de las mujeres, la de las malas hierbas. 

 

 Angelica Tognetti

 

[1] Silvia Federici. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños.

[2] Susan B. Blum (1974): “Women, Witches and Herbals” en The Morris Arboretum Bulletin nº 25 

[3] Yayo Herrero (2018): “Sujetos arraigados en la tierra y en los cuerpos. Hacia una antropología que reconozca los límites y la vulnerabilidad” en Petróleo. Barcelona: Arcadia.